Desarrollo Empresarial, Edición 40

Economía Moral y Empresa

Por: Guadalupe Compeán
e Imanol Belausteguigoitia

Introducción

En la búsqueda del crecimiento económico, la economía se ha vuelto el eje articulador de toda la vida social, ha anulado la ética y ha dejado de ser un medio para volverse un fin.

Los gobiernos y las empresas quieren crecer a través del incremento de su competitividad. Se fijan metas ambiciosas, presionan a todos los involucrados, principalmente sus trabajadores, y compiten de cualquier manera, incluso de forma desleal. En aras de esa competitividad, sustituyen en masa a los trabajadores con máquinas y les escatiman sus salarios. La variable primordial es el último renglón de los estados de resultados: la utilidad.

Si bien es innegable que la humanidad ha avanzado en múltiples dimensiones de la vida, también es necesario reconocer que hay situaciones que la afectan profundamente, como la pobreza, el escaso trabajo y mal remunerado, la desigualdad, la mala distribución del ingreso, la falta de buenos servicios de educación básica, financieros y de salud, sin contar con el acelerado deterioro ambiental.

Movimientos de diversa ideología, organizaciones internacionales de todo tipo, gobiernos, iglesias de diversos credos y la sociedad en su conjunto debaten sobre las causas de este deterioro y las posibles formas de solucionarlo. La economía moral podría ser una solución a este deterioro, ya que integra el bien actuar con la funciones de producción, distribución y consumo.

En la Ilustración surgieron importantes reflexiones sobre las relaciones equitativas, solidarias y justas en la sociedad, como es el caso de Rousseau en su Contrato social (1762): “El gobierno tuvo su origen en el propósito de encontrar una forma de asociación que defienda y proteja la persona y la propiedad de cada cual con la fuerza común de todos”.

La Moral y la Economía

Varias voces hablan públicamente de ética y moral, de la búsqueda del bien por el ser humano y para el ser humano. La moral se define como la “parte de la filosofía que estudia la conducta humana como merecedora de un juicio de aprobación o desaprobación”. Proviene del latín moralis, que significa “uso o costumbre”. Desafortunadamente, algunos toman la palabra moral en un sentido peyorativo, por su carácter normativo y su connotación restrictiva y religiosa. Peor ocurre con el término moralista, pues hay quien lo relaciona con personas o ideas cerradas, que no aceptan el progreso ni la evolución de la sociedad. Es posible que por esta razón se haya preferido utilizar el término ética en vez de moral, y cuestiones que pertenecen claramente al dominio de la moral se han relacionado con la ética.

Por otro lado, se ha definido a la economía como la “ciencia que estudia los recursos, la creación de riqueza y la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, para satisfacer las necesidades humanas” (Anaya, 1991).

La economía no es una entidad a la que solamente le falta imprimirle valores éticos y morales para hacerla humana, sino que es un sistema emanado de una concepción filosófica humana que la precede. No es la economía la que requiere una corrección moral; es la sociedad, su concepción y sus valores los que requieren un replanteamiento profundo.

Jon Sobrino (2007), autor de un artículo titulado “Humanizar a una sociedad enferma”, explica que se deben atender los problemas de la sociedad y todas las estructuras que la componen, entre otras, la economía, y como parte fundamental de ésta, la empresa. Considera que no es la economía, como sistema independiente de la sociedad, la que se puede cambiar con algunos toques éticos o morales y convertirla en un nuevo sistema que acabe con la desigualdad y la injusticia y promueva la prosperidad de las personas y los pueblos. Es el conjunto social, su concepción, su práctica, su vida misma, el que está enfermo y en el que la estructura económica, porque refleja y alimenta desigualdades previas, requiere una cura: humanizar aquello que ha perdido un principio moral que no sólo emana de múltiples fuentes, sino que debiera estar inscrito en la entidad del ser humano.

La economía de mercado está dirigida principalmente a asignar con eficacia bienes y recursos, y es un modo de organización que exige la propiedad privada, la libre iniciativa de los sujetos y la coordinación por medio de instituciones y mecanismos del mercado.

Históricamente, varias corrientes de pensamiento se han opuesto a la economía de mercado, acusándola, entre otras cosas de ser individualista. Resulta interesante considerar que la crítica de la Iglesia católica no va dirigida contra la economía de mercado, sino contra el conjunto de ideas y valores que han hecho del sistema económico un peligro para el hombre. Lo que la moral económica con visión católica rechaza no es la libertad del ser humano, como criatura racional, sino su supuesta autonomía de leyes morales objetivas, el individualismo radical que ignora la sociabilidad natural del ser humano, la motivación basada en el provecho individual, en el lucro como motor de progreso económico, y la búsqueda del poder exclusivamente para tener más en lugar de ser más.

La moral cristiana parte de la concepción integral del hombre como ser racional y libre, con derechos y obligaciones por su misma condición de criatura hecha “a imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1, 27), y varias son las religiones e ideologías que coinciden con esta perspectiva.

Como ser social, el hombre encuentra su plenitud, precisamente en vivir en sociedad. Desafortunadamente, hay una serie de valores e ideas sobre el hombre y la sociedad que no son compatibles con los conceptos de plenitud y bienestar de la humanidad.

Ni la ética ni la moral deben concebirse como un conjunto de reglas, preceptos y prohibiciones añadidos a la actuación del ser humano, sino como el resultado mismo de su naturaleza. Argandoña (1991) escribió: “nada tiene que decir la ética sobre cómo conseguir la eficiencia, pero sí tiene mucho que decir sobre el qué de esa eficiencia y sobre su compatibilidad con los valores supremos y, en definitiva, con su aportación al fin del hombre y de la sociedad”.

La economía de mercado es un instrumento técnico cuya aplicación puede producir excelentes resultados en términos de eficiencia, pero se atora en un sistema de ideas y valores que no responden a la verdad y fin del ser humano: asegurar la dignidad de la persona, la atención al bien común y la solidaridad entre los hombres y los pueblos que hagan posible que las sociedades avancen en la búsqueda de su bienestar. La economía social, que incluye conceptos como el de “empresa socialmente responsable”, son otras formas de hacer las cosas de manera más justa, humana y sustentable.

Joseph Ratzinger (1985), en su ensayo “Economía y responsabilidad moral”, postula que la economía no debe actuar según sus propias reglas de juego, sin tomar en cuenta consideraciones morales. Cuando actúa así, mercado y ética se vuelven conceptos irreconciliables, pues se ven las acciones morales como contrarias a las leyes del mercado. En consecuencia, debería rechazarse al empresario moralizante, ya que lo que se persigue, más que la moralidad, es la eficacia.

Ratzinger explica que, en teoría, la operación adecuada de las reglas del mercado debiera garantizar el progreso y la justicia distributiva, por ser leyes naturalmente buenas, independientemente de la moralidad. Pero que esta tesis no es del todo cierta, como demuestran los problemas de la economía mundial de hoy.

Según Ratzinger, Peter Koslowski, ex director del Centre for Ethical Economy and Business, establece que “la economía no sólo es gobernada por leyes económicas, sino que es determinada por hombres”. Las leyes del mercado sólo funcionan si hay un consenso moral básico que las justifique.

Empresa, Trabajo y Moral

En una sociedad individualista, la competencia excluye la consideración del bien común, del servicio a los demás y, por supuesto, los principios de justicia social. En cuanto al trabajo, es necesario que se tengan en cuenta leyes de justicia e igualdad que privilegien y respeten la dignidad humana. Hablando en términos concretos, habría que evitar el regateo en el pago del salario, la asignación de trabajos en condiciones infrahumanas, jornadas de trabajo en extremo prolongadas y sin compensación, presentación de resultados amañados para no repartir utilidades a los trabajadores y no pagar impuestos, los tratos denigrantes fundados en las diferencias de grupo étnico, sexo y posición socioeconómica. En fin, desgraciadamente hay un catálogo de innumerables prácticas cuestionables que se alejan del actuar moral, y por ello debieran juzgarse como inadecuadas. Sin embargo, son aceptadas por una buena parte de la sociedad empresarial, que se desentiende del actuar ético por buscar la rentabilidad. Empresarios que se considerarían exitosos han incurrido en prácticas de este tipo. El hecho de que la sociedad las haya permitido e incluso premiado convirtió a estos personajes en modelos cuyas fórmulas para ser prósperos tienen eco en una sociedad enferma y carente de valores.

Conclusión

Una política económica que no sólo sirva al bien de un grupo, que no sólo pretenda el bien de un Estado particular, sino el bien común de la familia humana, requiere un máximo de disciplina moral.

La economía moral tiene que contemplar, en primer lugar, a las partes directamente afectadas por su actuación: personal, accionistas o propietarios, clientes y proveedores. En segundo lugar, debe ser mancomunada y compatible con las comunidades donde realiza sus actividades. En tercer lugar, debe tener en cuenta a la sociedad total y colaborar con las iniciativas de mejora material y ética que promuevan y articulen valores individuales, comunes y organizacionales.

Como dice Otaduy (2004), “es necesario intensificar los esfuerzos por convencer a los directivos y miembros de la empresa de que el desempeño ético no sólo es imperativo por sí mismo, sino porque también resulta imprescindible para su crecimiento, desarrollo y prosperidad.”

Busquemos articular eficazmente la moral y la ética con la economía y la empresa, y pongamos en el centro de esa articulación al ser humano.

Bibliografía

Argandoña, Antonio (1991). La economía de mercado, a la luz de la doctrina social católica, IESE Business School, Universidad de Navarra. Documento de investigación, DI núm. 212, abril de 1991.

Aubert, Jean–Marie (2004). Compendio de la moral católica. Valencia, EDICEP.

Diccionario Anaya de la Lengua (1991). Madrid, Anaya.
Otaduy, José (2004). Ética en la empresa de negocios. Dirección Estratégica, núm. 11, año 3.

Ratzinger, Joseph (1985). “Economía de mercado y ética”, exposición en la conferencia “Iglesia y economía: responsabilidad para el futuro de la economía mundial”, Ciudad del Vaticano, Universidad Pontificia Urbaniana.

Rousseau, Jean-Jacques (2004). El Contrato social, México, Losada.

Sobrino, Jon (2007). “Humanizar a una sociedad enferma” (ensayo), Colección: El mal hoy y el proceso de humanización. Concilium 329.

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