Contabilidad, Edición 52

El paradigma de la educación: éxito o felicidad. Contribución de la educación y la ética a la felicidad

Por: Ulises Santamaría
Profesor de asignatura del Departamento Académico de Contabilidad
Instituto Tecnológico Autónomo de México

IN MEMORIAM

Los esquemas actuales de educación han equivocado el camino.

Cuando un estudiante de bachillerato busca opciones de carrera y de universidad, no lo hace pensando en lo que le proporcionará más felicidad ni en lo que le ayudará a realizar una misión personal de vida, alineada con sus ideales y dirigida a la realización de un deber personal. Tampoco lo hace pensando en que después de estudiar esa carrera en esa universidad realizará algo valioso que contribuirá a su desarrollo personal y a la sociedad. Por el contrario, su decisión está motivada por la percepción que tiene de la contribución que tendrán la carrera y la universidad a lo que, erróneamente se ha establecido como el objetivo último de un profesionista, el éxito.

Es lamentable que, en nuestra sociedad, tener éxito profesional equivalga a tener éxito en la vida, y peor cuando el éxito profesional se traduce en éxito financiero.

La palabra “éxito” proviene del latín exitus (“salida”), y significa “término” o “fin” [1]. Si la finalidad última de los seres humanos es la felicidad [2], el auténtico éxito está en la felicidad que alcanzamos, no en las riquezas que conseguimos ni en los placeres y necesidades que satisfacemos con ellas. Las riquezas y los placeres son valiosos, pero a nivel material, que es el más básico en la escala de valores. Un ser humano debe ir más allá de esos valores materiales, debe perfeccionar su naturaleza humana con la práctica de valores morales (como la justicia, la templanza, la valentía y la prudencia) y con la búsqueda del bien, la verdad y la felicidad (valores espirituales).

En nuestra sociedad se suele vincular el éxito con la riqueza material y con el reconocimiento, y aun se suele establecer una relación directamente proporcional entre la riqueza material y la felicidad.

El éxito es subjetivo y relativo a la sociedad a la que pertenecemos. La felicidad, por el contrario, es un valor universal y debe ser la única o, al menos, la más importante motivación en las decisiones de una persona.

Si la orientación vocacional que un estudiante recibe no es apropiada, la decisión que tomará estará inducida por presiones familiares y sociales, así como por una visión equivocada de la realidad, y probablemente será tarde cuando se dé cuenta de que ha equivocado su camino.

Hay quienes dedican más de la mitad de la vida a alcanzar el éxito profesional, y cuando lo consiguen, se dan cuenta de que no era lo que realmente buscaban y que no se sienten completos; que, de hecho, se sienten vacíos, porque finalmente entienden que el éxito no equivale a la felicidad.

Pero el problema no se limita a la orientación vocacional, tradicionalmente responsabilidad del bachillerato. La educación básica también tiene deficiencias, ya que, en una sociedad en la que el éxito es determinante, no se ha enseñado a las personas a manejar el fracaso, en especial desde temprana edad. Por ejemplo, los talleres de inteligencia emocional deberían ser parte importante de los planes y esquemas de educación, no solamente como espacios para educar emociones y sentimientos, sino también como oportunidades para que las personas aprendan a definir lo que es valioso en sus vidas, lo que las hace felices y lo que quieren buscar.

Con todo, las fallas más evidentes están en la educación superior. Una de las ventajas competitivas a la que las universidades ponen más atención son las oportunidades que tendrán sus egresados de conseguir empleos (y puestos) atractivos y bien remunerados.

Si el éxito profesional, como lo entienden las universidades, está relacionado con la riqueza y el reconocimiento que un trabajo le pueda proporcionar a sus egresados, pondrán más atención y dedicarán más recursos a planes de estudio con contenidos encaminados a ese fin y se olvidarán de incluir material de ética y responsabilidad social, que deberían ser el eje de los planes de estudio de cualquier programa universitario. Los principios formales de la moralidad [3] deberían ser la guía para definir contenidos de programas y planes de estudio a nivel superior.

Las universidades deben proporcionar a sus estudiantes herramientas para que perfeccionen sus habilidades. No se cuestiona el enfoque técnico y práctico de los programas; lo que es criticable es la ausencia de temas de ética y responsabilidad social, así como la falta de orientación hacia la búsqueda de la felicidad, como fin último, que deberían tener las universidades como parte de su filosofía y que deberían incorporar a su misión, para transmitirla a los miembros de su comunidad (alumnos y profesores).

La universidad de Harvard, una de las más importantes del mundo, ejemplo de calidad educativa y prestigio, ha sido también sinónimo de éxito para sus egresados; sin embargo, no ha sabido transmitirles la importancia de la ética y lo equivocado y vacío que resulta darle prioridad al éxito profesional sin el sentido del deber y la búsqueda de la felicidad como metas principales.

En un estudio realizado por el periódico The Wall Street Journal en 2005 [4] se vio que muchos de los mayores escándalos financieros de los últimos años han sido protagonizados por egresados de Harvard, lo que indica que faltan principios de moralidad en su filosofía.

El bien debe seguirse y el mal debe evitarse (principio de moralidad). Pero si el bien se define en términos de éxito, el fracaso se convierte en un mal que debe ser evitado. Es por eso que la ambición no es mala, ni tampoco la agresividad en los negocios; en cambio, virtudes como la compasión, la justicia, la templanza y la prudencia son poco valoradas e incluso criticadas, por lo poco que contribuyen a la realización del que parece ser el fin último, el éxito financiero.

Además, si se tiene en mente el éxito como referencia de lo que es bueno, y a sabiendas de que todo acto humano persigue un fin, al menos debería respetarse el principio de moralidad que establece que no deben emplearse medios moralmente malos, aunque los fines sean buenos. Los responsables de escándalos financieros como el de Enron pasaron por alto lo anterior, amparados en el principio maquiavélico de que “el fin justifica los medios”.

Si la relación entre fin y medios no es importante para personas sin formación ética, la relación entre acto y efecto (otro principio de moralidad) tampoco lo es, como lo demostró Nick Leeson, un corredor de bolsa que provocó la quiebra del banco británico Barings con sus operaciones fraudulentas en el mercado bursátil.

En su confesión, Leeson declaró que las operaciones tenían como objetivo ayudar a la organización y a compañeros que habían tenido pérdidas y que habían puesto en riesgo su trabajo. Aun si el fin pudiera ser calificado como bueno (si es que realmente esa era su intención), Leeson debió darse cuenta de que las consecuencias de sus actos podían ser desproporcionadamente malas.

Además de estos principios, los programas académicos de las universidades deben incorporar, como parte de su formación ética, los demás principios formales de moralidad. De hecho, algunos deberían servir de guía para la definición de la filosofía y la misión de toda institución educativa, como el que señala que debe considerarse valioso todo lo que contribuya al desarrollo del ser humano (principio de definición del valor), sabiendo que, de acuerdo con Aristóteles, es bueno todo aquello que perfecciona la naturaleza humana y malo lo que la destruye. La cultura, el arte, la ética, la responsabilidad social y la búsqueda de la felicidad son ejemplos de materias que se deben incorporar a la formación académica.

De la misma manera, el principio de definición de la virtud, que establece que el ser humano debe adquirir las capacidades necesarias para alcanzar una vida plena, debe ser parte de la misión universitaria, para promover que los estudiantes hagan de los valores parte de sus hábitos personales y que los conviertan en virtudes.

En ese tenor, el primer imperativo categórico de Kant (“obra de tal manera que tu acción pueda erigirse en norma universal de conducta”) bien podría servir incluso como mensaje dirigido a la comunidad universitaria, para que sus miembros lo sigan como ejemplo en su vida diaria, en el ámbito profesional, pero también en el personal.

No es menos importante el segundo imperativo categórico de Kant (“el ser humano no debe considerarse nunca como medio, sino como fin”). Bernard Madoff, conferencista habitual de Harvard y autor de uno de los fraudes financieros más grandes en la historia (hecho público en 2008 y con pérdidas estimadas de más de 50 000 millones de dólares), no tenía en mente ese principio cuando planeó su fraude, ya que veía a los inversionistas como medios para su ambicioso fin.

La responsabilidad de contribuir con la formación ética y con la orientación hacia la felicidad de las personas no corresponde solamente a las instituciones educativas, sino también a las familias, a los centros de trabajo y a los gobiernos, sin olvidar que cada persona, de manera individual, es responsable de su propia felicidad. No por eso hay que dejar de poner atención a las deficiencias de los sistemas educativos y redefinir el concepto de éxito, pues hay que encaminarlo hacia la felicidad, no a lo material.

El éxito y la felicidad no son conceptos excluyentes; el éxito es, para muchas personas y de manera completamente válida, una gran motivación, pero nunca hay que perder de vista que es solamente un medio para alcanzar la felicidad.

En las universidades los estudiantes deben aprender, si no lo han hecho en otros espacios, que, como dijo Amado Nervo, “la mayor parte de los fracasos nos vienen por querer adelantar la hora de los éxitos”. Los estudiantes no deben apresurarse ni precipitarse en la búsqueda de éxito; al contrario, deben detenerse a pensar si el camino que siguen es el correcto y si van en dirección de lo que realmente debe importarles.

Una de las profesiones más nobles de la humanidad, la docencia, debe ser eje de ese redireccionamiento en la educación. Es necesario tener vocación para ser profesor, y es fundamental convertir esa vocación en “enamoramiento”, porque es difícil convencer de algo de lo que no se está enamorado. La tarea de transmitirles a los estudiantes que lo importante es buscar la felicidad requiere profesionistas enamorados y felices con lo que hacen, pero también exige que los estudiantes asuman el compromiso de dedicar sus esfuerzos a aquello que les permitirá alcanzar el verdadero éxito, la felicidad. A fin de cuentas, uno explota su verdadero potencial cuando se dedica a aquello que le apasiona y que lo hace feliz.

Estos profesores son ejemplo de profesionalismo; su entrega y dedicación son admirables. Sus enseñanzas no se quedan en las aulas, sino que se convierten en lecciones de vida para sus estudiantes.

Como se ha mencionado, la mayoría de las instituciones de educación superior se enfocan en que sus estudiantes consigan una retribución económica atractiva. Se trata de un enfoque limitado, ya que las verdaderas capacidades de los estudiantes van mucho más allá de lo que se pretende de ellos al identificarlos con empleos que seguramente no contribuirán a su realización como seres humanos plenos, trabajos que tolerarán porque les proporcionarán el medio para satisfacer sus necesidades básicas, dejándolos incompletos, frustrados o con una sensación de vacío emocional.

En conclusión, habrá que redefinir, a nivel personal, familiar, institucional y social, lo que significa tener éxito en la vida, y la educación, con la ética como guía, debe servir como plataforma para cambiar la visión equivocada que tenemos en la actualidad. Profesores y estudiantes deben comprometerse con el cambio de paradigma en la educación y orientar sus decisiones, desde temprana edad, hacia el que debe ser su verdadero motor: buscar la felicidad.

En el mundo de las finanzas y la contabilidad también se han dado cuenta de que el enfoque en las utilidades y los rendimientos es, si no equivocado, al menos incompleto. Algunas compañías que cotizan en bolsas de valores ya incluyen en sus informes anuales una sección de cumplimiento de códigos de ética profesionales y de responsabilidad y compromiso social. Se estima que dentro de algunos años será obligatorio incluir esos informes y ya es popular una frase que define a esa tendencia mundial: “¡Adiós al azul, bienvenido el verde!”, que hace referencia a que se debe dejar de dar importancia solo a la rentabilidad (azul), enfoque normalmente identificado con el corto plazo y la especulación, para comenzar a recargar más el acento en la sustentabilidad y la responsabilidad social (verde), una postura más orientada al largo plazo y al compromiso.

Si extendemos ese concepto y lo aplicamos a la vida, y no sólo a las finanzas, ya es tiempo de decir: “¡Adiós al éxito, bienvenida la felicidad!”.

Bibliografía

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